El Cisne Negro

 

El cisne negro pasará a la historia como el libro que predijo el estallido Fannie Mae y Freddie Mac un año antes de que sucediera, pero más allá de la anécdota, El cisne negro es un agudo ensayo filosófico, un poco de lógica matemática, un mucho, muchísimo, de sentido común y empapado desde la primera pàgina de un humor inteligente y desmitificador que consigue cambiar radicalmente nuestros paradigmas (al menos conmigo lo ha conseguido).


Taleb, matemático empírico, profesor en excedencia de la Universidad de Massachusetts, parte del análisis de los "cisnes negros": fenómenos no esperados por no predecibles (el cisne negro se pensaba que no existía, hasta que se descubrió Australia), y por esta misma razón con consecuencias imprevisibles. El problema es que vivimos como si estos fenómenos no existieran, amplificando aún más sus consecuencias, y tampoco aceptamos que alguien lo pueda pensar por nosotros. "Imaginemos que un legislador con coraje, influencia, inteligencia, visión de futuro y perseverancia consigue hacer aprobar una ley que va a entrar en vigor el 10 de septiembre de 2001; la ley obliga a colocar puertas a prueba de bala, y que estén permanentemente cerradas, en todas las cabinas de los aviones (lo cual supone unos gastos enormes para las batalladoras compañías aéreas), sólo por si los terroristas decidieran utilizar aviones para atacar el World Trade Center de Nueva York. Ya sé que es una locura, pero sólo se trata de un experimento del pensamiento (soy consciente de que es posible que no exista un legislador con inteligencia, coraje, visión de futuro y perseverancia; ahí está el quid del experimento). Tal ley no sería muy popular entre el personal de vuelo, pues les complica la vida. Pero no hay duda de que hubiera evitado el 11-S. La persona que impuso cerraduras en las puertas de las cabinas no tiene estatua en las plazas públicas, tan sólo una breve mención de su aportación en el obituario: « Joe Smith, que ayudó a evitar el 11-S, murió a consecuencia de una enfermedad hepática». Al ver lo superflua que fue su medida, y los gastos que generó, bien pudiera ser que el público, con gran ayuda de los pilotos de líneas aéreas, lo alejara del poder. Vox clamantis in deserto. Se jubilará deprimido, con una gran sensación de fracaso. Morirá con la impresión de no haber hecho nada útil. Quisiera poder asistir a su entierro, pero, querido lector, no sé dónde está. Y sin embargo, el reconocimiento puede ser todo un incentivo". 

Aplicado al terreno económico, el cisne negro es el secreto del éxito empresarial: "pensemos en la «receta secreta» para forrarse en el negocio de la restauración. Si fuera conocida y obvia, entonces algún vecino habría dado con la idea y ésta se habría convertido en algo corriente. El siguiente gran negocio en la industria de la restauración debe ser una idea que no se le ocurra fácilmente a la actual población de restauradores. Debe estar a cierta distancia de las expectativas. Cuanto más inesperado sea el éxito de esa empresa, menor será el número de competidores, y mayor éxito tendrá el emprendedor que lleve la idea a la práctica. Lo mismo se puede decir del negocio del calzado, de la edición o de cualquier tipo de empresa. Y lo mismo cabe decir de las teorías científicas: a nadie le interesa oír trivialidades. El beneficio de una empresa humana es, en general, inversamente proporcional a lo que se esperaba que fuera".

Pero ¿por qué razón ignoramos la posibilidad de su existencia?, ¿por qué una vez y otra las predicciones económicas, meteorológicas, sociológicas, etc. ignoran la posibilidad de los cisnes negros? "El problema radica en la estructura de nuestra mente: no aprendemos reglas sino hechos, y sólo hechos. Parece que no somos muy dados a elaborar meta reglas (como la regla de que tenemos tendencia a no aprender reglas). Desdeñamos lo abstracto; lo despreciamos con pasión". De ahí que a partir de un determinado número de observaciones elaboremos una regla con un único eslabón que las conecte: causa y efecto, sin tener en cuenta que "el mundo en que vivimos tiene un número creciente de bucles de retroalimentación que hacen que los sucesos sean la causa de más sucesos (por ejemplo, compramos un libro porque otros lo compran), con lo que se generan unas bolas de nieve y ciertos efectos arbitrarios e impredecibles". Precisamente lo contrario de lo que nosotros, pobres humanos, somos capaces de entender, ya que, según Taleb, nuestra sociedad es víctima del "vicio de pensar que el mundo en que vivimos es más comprensible, más explicable y, por consiguiente, más predecible de lo que en realidad es".

Nos pasa lo que al Pollo de Russell, que Taleb se permite "americanizar" transformándolo en el pavo de Acción de Gracias: "Pensemos en el pavo al que se le da de comer todos los días. Cada vez que le demos de comer el pavo confirmará su creencia de que la regla general de la vida es que a uno lo alimenten todos los días unos miembros amables del género humano que «miran por sus intereses», como diría un político. La tarde del miércoles anterior al día de Acción Gracias, al pavo le ocurrirá algo inesperado. Algo que conllevará una revisión de su creencia". O se permite una burla al Capitán Smith, el del Titánic, que no pensaba en el naufragio porqué nunca había vivido ninguno, o el caso reciente del "fondo llamado Amaranth, cuyo nombre procedía, irónicamente, de una flor que «nunca muere", y que en septiembre de 2006 tuvo que cerrar después de perder cerca de 7.000 millones de dólares en unos pocos días, la perdida más impresionante en la historia de las operaciones bursátiles (otra ironía: yo compartía despacho con los operadores). Unos días antes de que eso sucediera, la empresa hizo una declaración con el fin de que los inversores no se preocuparan, porque contaban con doce gestores de riesgos, personas que usan modelos del pasado para realizar mediciones del riesgo sobre las posibilidades de un suceso como aquel. Aunque hubiesen dispuesto de ciento doce gestores del riesgo, no hubiera habido diferencia significativa alguna; se habrían ido a pique igualmente. Es evidente que no se puede elaborar más información que la que el pasado pueda ofrecer; si uno compra cien copias del New York Times, no estoy demasiado seguro de que eso le ayude a incrementar sus conocimientos sobre el futuro. Simplemente no sabemos cuanta información hay en el pasado". 

Y así, enumerando hechos pasados, "debido a un mecanismo mental que yo llamo empirismo ingenuo, tenemos la tendencia natural a fijarnos en los casos que confirman nuestra historia y nuestra visión del mundo: estos casos son siempre fáciles de encontrar" y ofreciendo en apoyo de esta argumentación una serie de elocuentes citas confirmadoras de autoridades ya fallecidas" nos quedamos más tranquilos que un bebé. Pero Taleb no se deja impresionar tampoco por las citas: "si se busca bien, siempre se puede encontrar a alguien que hiciera una afirmación que suene bien y que confirme nuestro punto de vista; y, sobre todos los temas, es posible encontrar a otro pensador difunto que dijera exactamente lo contrario".

Y en este punto se llega a una consideración, a mi parecer clave: si todo el mundo teoriza sobre los mismos datos y llega a conclusiones opuestas (y para sorpresa del vulgo resulta que todo el mundo tiene la razón, no olvidemos que estamos en una sociedad sumida en la niebla del relativismo) entonces "¿significa esto que existen posibles familias de explicaciones y que cada una de ellas puede ser igualmente perfecta y sensata? Desde luego que no. Puede haber un millón de maneras de explicar las cosas, pero la explicación autentica es única, esté o no a nuestro alcance”. Encontrar en el tercer milenio alguien que tenga la valentía hacer esta afirmación ya es en si mismo un cisne negro.

Uno de los problemas que apunta Taleb es el exceso de información y lo ilustra con un divertido ejemplo: leamos las siguientes afirmaciones, ¿cual parece más probable?:

Joey parecía fielmente casado. Asesinó a su esposa.

Joey parecía fielmente casado. Asesinó a su esposa para quedarse con su herencia.

Es evidente que, a primera vista, la segunda afirmación parece más probable, lo cual es un puro error de lógica, ya que la primera, al ser más amplia, puede albergar mas causas, por ejemplo que asesinó a su esposa porque se volvió loco, porque ella lo engañaba con el cartero y con el instructor de esquí, o porque entró en un estado de confusión y tomó a su mujer por un asesor económico. – Y esto nos puede llevar a patologías en nuestra toma de decisiones. ¿Cómo? imaginemos simplemente que, como han demostrado Paul Slovic y sus colaboradores, las personas son más proclives a pagar un seguro contra el terrorismo que un seguro normal (que cubre, entre otras cosas, el terrorismo)”.

Lo mismo sucede ante la toma de decisiones, como pone de relieve otro experimento revelador de Slovic: “pidió a unos corredores de apuestas que escogieran, de entre 88 variables de carreras de caballos pasadas, aquellas que consideraran útiles para computar las probabilidades. Esas variables incluían todo tipo de información estadística sobre resultados anteriores. A los corredores se les facilitaron las diez variables más útiles, y se les pidió que predijeran el resultado de las carreras. Luego les dieron otras diez y se les pidió que hicieran de nuevo sus pronósticos. El aumento en el conjunto de información no se tradujo en una mayor precisión por parte de los corredores; por otro lado, la confianza que tenían en sus previsiones se incrementó notablemente. La información demostró ser tóxica. Me he pasado buena parte de la vida dándole vueltas a la creencia tan extendida entre los medianamente cultivados de que «mas es mejor»: mas es a veces mejor, pero no siempre.

O sea, no porqué tengamos un mayor conocimiento en múltiples ámbitos de la ciencia, estamos en condiciones de predecir determinados hechos. Debemos aceptar nuestra limitación: “la probabilidad es un arte; es hija del escepticismo, no una herramienta para personas que llevan la calculadora colgada del cinturón para satisfacer su deseo de producir cálculos y certezas deslumbrantes. Antes de que el pensamiento occidental se ahogara en su mentalidad "científica", que con arrogancia se llama la lustración, las personas preparaban su cerebro para que pensara, no para que computara”.

No es, pues, extraño que a Taleb le irriten “aquellos que atacan al obispo pero de algún modo confían en el analista de inversiones, aquellos que ejercen su escepticismo contra la religión pero no contra los economistas, los científicos sociales y los falsos estadísticos. Mediante el sesgo de la confirmación, estas personas nos dicen que la religión fue horrible para la humanidad, y cuentan las muertes que se produjeron con la Inquisición y las diversas guerras de religión. Pero no nos dicen cuantas fueron las víctimas del nacionalismo, de la ciencia social y de la teoría política en el régimen estalinista o durante la guerra de Vietnam. Ni siquiera los curas se dirigen a los obispos cuando están enfermos: a quien primero consultan es al médico. En cambio, nosotros nos detenemos en los despachos de muchos seudocientíficos y «expertos» sin alternativa. Ya no creemos en la infalibilidad papal; pero parece que creemos en la infalibilidad del Nobel…”.

Pero sin duda, lo que todos quisiéramos conseguir es cazar el cisne negro, cultivar el terreno para que germine en nuestro campo, saber donde acampa para acorralarle. Por suerte mucha gente lo ha intentado descubrir antes que nosotros. “Muchos estudios sobre millonarios destinados a entender las destrezas que se requieren para convertirse en una celebridad siguen la metodología que expongo a continuación. Toman una población de personajes, gente de grandes títulos y fantásticas ocupaciones, y estudian sus cualidades. Se fijan en lo que tienen en común esos peces gordos: coraje, saber correr riesgos, optimismo, etc.; y de ahí deducen que tales rasgos, sobre todo el de correr riesgos, ayudan a alcanzar el éxito. Probablemente nos llevaríamos la misma impresión con la lectura de autobiografías, escritas por el correspondiente negro, de jefes ejecutivos de grandes empresas, o si asistiéramos a sus presentaciones ante aduladores alumnos de másteres en direcci6n de empresas. 

 

Ahora echemos una mirada al cementerio. Resulta difícil hacerlo, porqué no parece que las personas que fracasan escriban sus memorias y, si lo hicieran, los editores que conozco no tendrían ni el detalle de devolverles la llamada (o de responder a un correo electrónico). Los lectores no pagarían 26,95 dólares por la historia de un fracaso, aunque los convenciéramos de que contiene muchos más trucos útiles que una historia de éxito. La propia idea de biografía se asienta en la adscripción arbitraria de una relación causal entre unos rasgos especificados y los consiguientes sucesos. Ahora consideremos el cementerio. La tumba de los fracasados estará llena de personas que compartieron los siguientes rasgos: coraje, saber correr riesgos, optimismo, etc.; justo los mismos rasgos que identifican a la población de millonarios. Puede haber algunas diferencias en las destrezas, pero lo que realmente separa a unos de otros es, en su mayor parte, un único factor: la suerte. Pura suerte”.

Entonces, si todo es cuestión de suerte, ¿a que se dedican los analistas? Taleb tiene la respuesta, quizá porque él también lo ha sido: “cuando se es un empleado y, por consiguiente, se depende del juicio de otras personas, el hecho de parecer atareado puede ayudarle a uno a reclamar para sí la responsabilidad de los resultados en un entorno aleatorio. La apariencia de estar absorbido por el trabajo refuerza la percepción de la causalidad, del vínculo que existe entre los resultados y el papel que uno ha desempeñado en ellos. Esto, por supuesto, se aplica aun más a los directores ejecutivos de las grandes empresas, que necesitan pregonar a bombo y platillo la relación entre su «presencia» y su «liderazgo» y los resultados de la empresa”.

De todo ello se concluye, que el mejor modo de evitar los cisnes negros – o de dar con ellos, según como se mire – es asumiendo nuestra ignorancia. Si no queremos chocar una vez y otra con lo imprevisto en un mundo aleatorio, no debemos multiplicar los datos y los análisis estadísticos, es suficiente con mirar alegremente la vida y pensar, como Taleb, que “perder el tren solo produce dolor a quien corre para tomarlo”.

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